Durante años, el concepto de Destino Turístico Inteligente (DTI) se ha asociado casi exclusivamente a la promoción turística, a la digitalización de la experiencia del visitante o al uso de aplicaciones para mejorar la estancia. Sin embargo, el debate celebrado el pasado 19 de febrero en Madrid dejó una idea mucho más profunda —y también más interesante— sobre la mesa: el turismo ya no es una vertical aislada, sino uno de los principales motores de transformación urbana, energética y territorial.
Esa fue una de las grandes conclusiones que atravesó el Desayuno-Coloquio organizado por enerTIC.org, un encuentro en el que responsables institucionales y empresas tecnológicas analizaron cómo los DTIs están empujando a ciudades y territorios a replantear su modelo de gestión, su relación con el dato y, sobre todo, su capacidad para tomar decisiones en contextos cada vez más complejos.
Del dato como acumulación al dato como estrategia
Uno de los mensajes más repetidos a lo largo del coloquio fue claro: tener datos ya no es suficiente. Durante años, las ciudades han invertido en sensores, plataformas y cuadros de mando sin que eso se tradujera necesariamente en mejores decisiones. El debate giró hacia una afirmación contundente: el Big Data ha muerto si no existe una estrategia clara detrás.
La clave, coincidieron los ponentes, está en tres elementos: calidad del dato, gobernanza e interoperabilidad. No se trata de acumular información, sino de saber qué datos son relevantes, quién los gestiona y cómo se comparten entre departamentos, municipios o incluso administraciones distintas. En demasiadas ocasiones, los ayuntamientos siguen funcionando como compartimentos estancos, auténticos “reinos de taifas” donde cada área opera con su propia plataforma y su propio lenguaje tecnológico.
En ese contexto, la Inteligencia Artificial apareció menos como una promesa futurista y más como una extensión de la inteligencia humana, una herramienta para anticipar problemas, optimizar recursos y mejorar el mantenimiento de infraestructuras críticas. Eso sí, con una advertencia clara: a mayor dependencia tecnológica, mayor necesidad de ciberseguridad, resiliencia y control ético del dato, especialmente cuando se trabaja con información sensible de ciudadanos y visitantes.
Madrid y la España rural: dos realidades, un mismo problema
Uno de los momentos más interesantes del coloquio fue el contraste entre la realidad de una gran capital y la de territorios con fuertes desafíos demográficos. En el caso de Madrid, la tecnología dejó de plantearse como una opción para convertirse en una condición imprescindible para la convivencia. Gestionar una ciudad con más de 12 millones de turistas anuales y picos diarios de hasta 300.000 personas en espacios como la Puerta del Sol exige soluciones avanzadas para controlar flujos, redistribuir visitantes y evitar la saturación del espacio público.
Pero el problema no es solo de las grandes ciudades. Desde la Diputación de Cáceres se expuso una realidad muy distinta, aunque conectada por el mismo hilo conductor: la cohesión territorial. En muchos pequeños municipios, ni siquiera existen infraestructuras energéticas plenamente regularizadas, lo que impide acceder a fondos europeos o desplegar soluciones digitales avanzadas. En este contexto, el modelo DTI se está utilizando como una palanca para activar economías locales, impulsar comunidades energéticas y ofrecer servicios básicos que permitan fijar población y sostener el turismo rural.
Dos escenarios muy diferentes que, sin embargo, comparten un reto común: sin una base energética sólida y sin datos interoperables, la transformación digital se queda en superficie.
Infraestructuras energéticas: el cuello de botella invisible
Más allá del discurso tecnológico, el coloquio puso sobre la mesa una preocupación creciente: la falta de potencia eléctrica como freno estructural al desarrollo urbano. Grandes proyectos urbanísticos, despliegues de centros de datos o incluso nuevas zonas empresariales se están encontrando con un límite físico que no siempre aparece en los planes estratégicos: la red eléctrica no da más de sí.
Esta carencia afecta tanto a grandes desarrollos como a iniciativas locales más modestas, y obliga a replantear la planificación urbana desde una perspectiva energética. La sostenibilidad ya no se mide solo en términos de emisiones o eficiencia, sino también en capacidad real de suministro, resiliencia ante apagones y soberanía energética.
En paralelo, surgió otra preocupación ligada a esta dependencia tecnológica: la protección de infraestructuras críticas. Alumbrado, túneles, sistemas de movilidad o centros de control urbano se convierten en puntos vulnerables si no se integran desde el diseño criterios de ciberseguridad y cumplimiento normativo, como los exigidos por la directiva NIS2.
El “muro” administrativo y la necesidad de nuevas fórmulas
Si hubo un concepto que se repitió desde distintos municipios fue el de la lentitud administrativa. La comparación con el sector privado fue inevitable: mientras las empresas pueden iterar, probar y corregir rápidamente, la administración se enfrenta a marcos legales hipergarantistas que ralentizan cualquier proceso innovador.
Algunos municipios están explorando fórmulas intermedias, como empresas públicas o mixtas, que permiten mayor agilidad en la contratación de perfiles técnicos, la captación de fondos europeos o la ejecución de proyectos complejos. No se trata de eludir controles, sino de adaptar la estructura administrativa a un entorno que cambia más rápido que los procedimientos tradicionales. En este sentido, la experiencia de Las Rozas Innova ha demostrado ser un ejemplo a seguir.
Comunicar para transformar: el factor humano
Más allá de plataformas, sensores o algoritmos, el coloquio dejó claro que la transformación urbana es también —y sobre todo— un proceso cultural. Muchos ciudadanos siguen percibiendo los proyectos de smart city como algo abstracto, lejano o incluso como “humo tecnológico”.
De ahí la insistencia en la comunicación y la pedagogía. Explicar por qué se hacen determinadas obras, qué beneficios reales aportan las tecnologías o cómo impactan en la factura energética y en la calidad de vida es tan importante como la solución técnica en sí. Sin ese relato, la resistencia al cambio se convierte en un freno tan potente como cualquier limitación presupuestaria.
En este punto surgió una idea pragmática que resonó con fuerza: aplicar la ley de Pareto a la gestión urbana. Identificar ese 10-20 % de acciones que generan el mayor impacto para la ciudadanía puede ser más transformador que desplegar decenas de proyectos inconexos sin una prioridad clara.
Más allá del turismo: un modelo de ciudad en juego
El debate sobre los DTIs acabó revelando algo más profundo: hablar de turismo es, en realidad, hablar del modelo de ciudad y de territorio que se quiere construir. Movilidad, energía, mantenimiento, seguridad, gobernanza del dato y colaboración intermunicipal aparecen inevitablemente conectados.
La conclusión fue tan clara como exigente: la tecnología no puede sustituir a la estrategia. El dato es un medio, no un fin. Y sin colaboración entre administraciones, empresas y territorios vecinos, los retos seguirán abordándose de forma fragmentada.
El coloquio cerró con la mirada puesta en los próximos meses, donde estas reflexiones continuarán desarrollándose en nuevos foros y en un informe sectorial que recogerá las principales conclusiones y recomendaciones. Pero el mensaje de fondo ya quedó lanzado: los Destinos Turísticos Inteligentes se han convertido en el banco de pruebas de la ciudad inteligente, sostenible y resiliente del futuro.











