La implantación de las Zonas de Bajas Emisiones ha supuesto mucho más que la puesta en marcha de nuevos mecanismos de control de acceso a determinadas áreas urbanas. En muchos municipios, estos proyectos han acelerado la digitalización de la movilidad y han incorporado nuevas fuentes de información que permiten conocer, con un nivel de detalle creciente, cómo se desplazan personas y vehículos por la ciudad.
Cámaras, sistemas de lectura de matrículas, aforos, clasificación de vehículos, sensores, plataformas de gestión, información sobre aparcamiento o datos procedentes de estaciones medioambientales forman hoy parte de un ecosistema tecnológico cada vez más rico. El objetivo inicial es gestionar las restricciones de acceso, supervisar su cumplimiento y evaluar sus efectos sobre la movilidad y la calidad ambiental.
El resultado es también evidente. Las ciudades disponen ahora de una capacidad de observación de la movilidad muy superior a la que tenían hace apenas unos años.
De la ZBE al ecosistema de datos de la ciudad
Sin embargo, precisamente ahí surge el importante reto de evitar una nueva generación de silos.
Las soluciones implantadas para gestionar las ZBE responden a un caso de uso concreto. Son sistemas verticales especializados, diseñados para resolver de forma eficaz una determinada necesidad operativa. El riesgo aparece cuando la información que generan y las capacidades que incorporan quedan encerradas dentro de ellos.
Esta amenaza es aún mayor en un ámbito con efectos tan transversales como la movilidad. Una modificación en los patrones de tráfico tiene impacto sobre las emisiones y el consumo energético, pero también sobre la actividad comercial, el turismo, la logística urbana, el transporte público, el uso del espacio urbano o incluso la capacidad de respuesta ante determinadas situaciones de emergencia. Por eso sería una oportunidad perdida limitar el valor de toda la información generada por las ZBE a la gestión de accesos o al seguimiento de indicadores ambientales.
El siguiente paso debe ser incorporar esta nueva información a la infraestructura de datos de la ciudad. Esto no significa sustituir las plataformas existentes ni concentrar toda la información en un único sistema. Implica conseguir que los datos puedan ser descubiertos, comprendidos, relacionados y reutilizados desde otros ámbitos municipales.
Y para ello no basta con conectar sistemas mediante APIs. Es necesario trabajar sobre modelos de datos, semántica, metadatos, calidad, trazabilidad, permisos de acceso, catálogo y gobernanza. En otras palabras, transformar datos generados para resolver un caso de uso concreto en verdaderos activos de información de la ciudad.
A modo de ejemplo, los datos de movilidad pueden combinarse con información energética para analizar los efectos de la electrificación del transporte y las necesidades derivadas del despliegue de infraestructura de recarga; y con información turística, para comprender el impacto de determinados eventos sobre los desplazamientos urbanos. También pueden conectarse con datos económicos, para estudiar cambios en los patrones de actividad comercial; o con información medioambiental, para evaluar con mayor precisión la relación entre tráfico, emisiones y calidad del aire.
Esta visión transversal cobra todavía más importancia en un contexto en el que movilidad y energía están cada vez más interrelacionadas. La electrificación del transporte obliga a coordinar planificación urbana, infraestructura de recarga, demanda energética y patrones de movilidad. Analizar estos ámbitos de forma aislada limita la capacidad de anticipación y de toma de decisiones de la ciudad. La cuestión deja entonces de ser únicamente cómo gestionar una Zona de Bajas Emisiones y pasa a ser cómo utilizar la información generada por ella para gestionar mejor la ciudad.
Del conocimiento local al aprendizaje entre ciudades
Existe además un paso adicional que puede multiplicar todavía más el valor de estos datos: hacer posible su compartición y explotación federada entre ciudades.
Los municipios tienen características distintas, pero muchos de los retos a los que se enfrentan son similares, como la congestión, la contaminación, la distribución urbana de mercancías, o el aparcamiento, entre otros desafíos.
La evolución hacia modelos interoperables y espacios de datos abre la posibilidad de cambiar esta situación. Si distintas ciudades son capaces de describir sus activos de información mediante modelos comunes y compartirlos bajo reglas claras de gobernanza, el conocimiento generado en un territorio puede ayudar a mejorar la gestión en otros. Esto permitiría comparar comportamientos, evaluar el efecto de diferentes políticas, identificar patrones comunes y desarrollar modelos analíticos o predictivos a partir de una diversidad de situaciones mucho mayor de la que puede proporcionar una única ciudad.
El objetivo no debería ser que todos los datos estén en el mismo lugar, sino que puedan encontrarse, entenderse y utilizarse conjuntamente cuando sea necesario. De esta forma, cada ciudad deja de aprender exclusivamente de sus propios datos y empieza a beneficiarse también del conocimiento colectivo generado por otras ciudades.
Este sería el siguiente gran paso de las Zonas de Bajas Emisiones. Poder evolucionar de ser un proyecto de movilidad, a convertirse también en una pieza más de la inteligencia colectiva de nuestras ciudades.
Pedro Garibi
Responsable de soluciones Smart Cities y Sostenibilidad en T-Systems










