¿Cómo está evolucionando el papel de la eficiencia energética en la estrategia de su sector? ¿Qué relación observa entre sostenibilidad, competitividad y resiliencia?
En el sector cultural y en la gestión de grandes infraestructuras patrimoniales (edificios históricos, catalogados BIC bienes de interés cultural), la eficiencia energética ha pasado de ser un factor secundario de contención de costes operativos a convertirse en el eje vertebrador de la estrategia de gestión e innovación institucional.
La preservación de la arquitectura histórica y las elevadas exigencias de confort de espacios escénicos se percibían como barreras insuperables para la descarbonización. Hoy, esa visión ha cambiado de forma sustancial gracias a la integración de la digitalización avanzada, la inteligencia artificial y los nuevos marcos de financiación en los que debemos destacar nuestra actitud proactiva en los frentes siguientes:
• Evolucionamos desde la intervención pasiva a la inteligencia operativa: La eficiencia ya no consiste únicamente en reemplazar equipos o sustituir luminarias por tecnología LED, sino en la gestión predictiva en tiempo real a través del concepto de Smart Building. Integrar BMS, datos históricos, predicciones meteorológicas, producción «in situ» de renovables y la propia agenda artística permite operar el edificio con precisión matemática.
• Integración dinámica con la actividad core: alcanzando reducciones de consumo de casi el 50% y pasando de una calificación energética D a A en un inmueble emblemático cercano a los 80.000 m².
• Pioneros en nuevos modelos financieros: La eficiencia se ha consolidado como un motor de retorno financiero. El uso de fondos NextGenerationEU/PRTR y el hito de ser la primera actuación singular registrada en el sistema de Certificados de Ahorro Energético (CAE) a nivel nacional demuestran que las entidades culturales pueden liderar la innovación en la transición energética pública, tal como requiere la EPBD 2024/1275.
Sostenibilidad, competitividad y resiliencia forman un mismo triángulo. Reducir consumo y emisiones libera recursos que se reinvierten en la actividad artística y refuerza la posición de la institución ante patrocinadores y socios internacionales, cada vez más atentos a los criterios ESG. Al mismo tiempo, un edificio que anticipa su demanda y aprovecha su propia generación renovable resiste mejor la volatilidad de los precios de la energía y los episodios climáticos extremos.
¿Qué reto aborda el proyecto finalista de su organización y qué aporta la tecnología para resolverlo? ¿Qué lo diferencia de las soluciones utilizadas anteriormente?
El Teatro Real es un edificio del siglo XIX catalogado como Bien de Interés Cultural, de más de 78.000 m², con una de las operativas más exigentes del sector: un mismo espacio puede pasar en pocas horas de un ensayo a un montaje técnico o a una función con aforo completo, siempre con los máximos requisitos de confort ambiental y acústico. El reto era reducir consumo y emisiones sin intervenir sobre una estructura protegida.
La respuesta ha sido un sistema de apoyo a la gestión energética basado en inteligencia artificial y optimización multiobjetivo, desarrollado con fondos PRTR, que integra el BMS, diez años de histórico, la predicción meteorológica de AEMET, la producción fotovoltaica propia y la programación artística. Con ello anticipa la demanda, ajusta arranques y paradas a la inercia térmica del edificio, regula el aire exterior según la ocupación real y prioriza el autoconsumo solar para producir frío o calor.
Frente a la gestión anterior, basada en horarios fijos y consignas reactivas, el edificio pasa a operarse anticipándose a lo que va a ocurrir en él. Además, la solución procede de una tesis doctoral industrial, la propiedad intelectual es de la Fundación y el código es abierto, lo que la hace replicable en otros edificios públicos y patrimoniales.
¿Cómo convierte su proyecto los datos en decisiones que mejoran la gestión energética o la operación? ¿Puede compartir un ejemplo concreto de ese cambio?
El sistema cruza cada día la programación artística con la predicción meteorológica, el comportamiento térmico del edificio y la producción fotovoltaica prevista, y traduce ese cruce en decisiones concretas de operación: cuándo arrancar la climatización de cada zona, con qué consignas y qué equipos utilizar. Un ejemplo claro es la sala principal. Antes la
climatización arrancaba a una hora fija, hubiera ensayo, montaje o función; hoy el sistema conoce la actividad prevista, calcula cuánto tarda la sala en alcanzar las condiciones requeridas y determina el momento justo de arranque, evitando horas de funcionamiento sin uso, es decir las cargas “fantasma”. Según el caso, esa decisión puede ejecutarse de forma autónoma sobre las instalaciones o trasladarse como recomendación al técnico, que la valida con una base objetiva y verificable.
¿Qué barreras deben superar las organizaciones de su sector para disponer de datos fiables y aprovecharlos? ¿Qué importancia tienen la gobernanza, la calidad y la capacidad de compartir información?
La principal barrera no es la falta de datos, sino su fragmentación. En un edificio como el Teatro Real la información existe, pero está repartida en silos que no se comunican. El BMS registra cómo funcionan las instalaciones, pero desconoce lo que ocurre dentro del edificio; la programación de funciones, ensayos y montajes, los eventos y las necesidades reales de quienes ocupan cada sala residen en otros sistemas y, con frecuencia, en el conocimiento del personal. A ello se suma todo lo que sucede fuera y condiciona la operación, como la meteorología, el precio de la energía o la producción solar disponible. Decidir bien exige cruzar esas tres dimensiones, instalaciones, actividad y entorno, y hacerlo con datos de calidad, porque en un edificio protegido, con protocolos de épocas distintas y limitaciones para sensorizar, una lectura errónea acaba siendo una mala decisión.
Por eso la gobernanza es una condición previa: saber de quién es el dato, quién accede a él y con qué garantías, que en nuestro caso son las del ENS de nivel medio, y evitar arquitecturas cerradas que dejen la información en manos del fabricante. Para medir el avance utilizamos el Smart Readiness Indicator (SRI) de la Unión Europea, que evalúa precisamente esas tres capacidades: operar el edificio con eficiencia, responder a las necesidades de sus ocupantes y adaptarse a las señales externas de la red. Compartir esa información con código abierto y métricas comunes es lo que convierte nuestra experiencia en algo útil para otros edificios patrimoniales.







