En los últimos años se ha repetido de forma constante que el gran reto que afronta nuestro sistema energético es su descarbonización. Sin embargo, cada vez resulta más evidente que el desafío es más amplio y profundo. Más que hablar únicamente de descarbonizar, deberíamos hablar de hacer sostenible el sistema energético en su conjunto: un sistema más eficiente, más limpio, más accesible, más económico, más independiente y, sobre todo, más resiliente.
Esta transformación pasa necesariamente por un proceso clave: la electrificación. Electrificar la movilidad, electrificar el calor en edificios y en la industria y electrificar nuevos usos energéticos es, hoy por hoy, la vía más eficiente y madura para reducir emisiones y dependencia de combustibles fósiles. Pero electrificar implica algo fundamental: producir más electricidad, transportarla mejor y gestionarla de una forma radicalmente distinta a la actual.
Avances significativos y primeras señales de saturación
España ha realizado avances muy relevantes en la última década. La generación renovable ha pasado de representar menos del 20 % del mix eléctrico en 2017 a situarse en torno al 57 % en 2024. Se trata de energía autóctona, competitiva y baja en emisiones, que ha permitido reducir costes y dependencia exterior.
Sin embargo, entre 2024 y 2025 observamos un estancamiento del porcentaje de generación limpia, a pesar de que la potencia renovable instalada sigue creciendo. Las causas son bien conocidas:
- 2024 fue un año hidrológicamente excepcional, difícilmente repetible.
- La producción nuclear se mantiene estructuralmente estable.
- El incremento de potencia solar y eólica empieza a chocar con limitaciones de red, de operación y de absorción de la energía, lo que se traduce en un aumento de los vertidos renovables.
En términos de energía producida, el balance es ilustrativo: la caída de la hidráulica en 2025 no llega a ser compensada por el aumento de solar y eólica, manteniéndose prácticamente estable la producción total libre de emisiones. El mensaje es claro: el sistema empieza a alcanzar límites estructurales.
La electrificación ya está impulsando el consumo eléctrico
Este estancamiento se produce, además, en un contexto en el que la demanda eléctrica comienza a crecer de forma clara. Entre 2024 y 2025, el consumo eléctrico a través de la red ha pasado aproximadamente de 249 a 256 TWh, lo que supone cerca de un 3 % de incremento interanual.
A este crecimiento hay que añadir:
- El fuerte aumento del autoconsumo, que ha pasado de unos 9,2 TWh a más de 13 TWh.
- Los ahorros por eficiencia energética, impulsados por los Certificados de Ahorro Energético (CAE), estimados en torno a 5 TWh en 2025.
En conjunto, el sistema eléctrico ha absorbido del orden de 16 TWh adicionales en un solo año, lo que equivale a un crecimiento cercano al 6 %. No es todavía el salto que anticipan los escenarios de largo plazo, pero la tendencia ya es inequívoca.
Lo que viene hasta 2030: movilidad, datos e hidrógeno
Los objetivos a 2030 multiplican esta presión sobre el sistema eléctrico.
El PNIEC fija como objetivo alcanzar 5,5 millones de vehículos eléctricos. Esto implica una demanda adicional de aproximadamente 12 TWh eléctricos anuales, pero también supone dejar de consumir unos 4.000 millones de litros de gasolina, equivalentes a 34 TWh de energía final. Es decir, para prestar el mismo servicio energético, la electrificación reduce el consumo de energía final a casi un tercio, evidenciando la enorme ineficiencia del motor térmico.
A este efecto se suma el crecimiento de los centros de datos y el uso intensivo de la inteligencia artificial, una oportunidad estratégica para el país que puede suponer un incremento adicional de entre 15 y 20 TWh anuales en 2030 respecto al consumo actual.
Pero el mayor reto, por escala, es el hidrógeno verde. El PNIEC plantea un objetivo de 12 GW de electrolizadores en 2030, lo que puede requerir hasta 60-100 TWh anuales de electricidad renovable. Se trata de una magnitud comparable a una parte muy relevante del consumo eléctrico actual del país y que, previsiblemente, se articulará en gran medida mediante esquemas de autoconsumo, que seguro absorbería más del 50% de éstos, y operación flexible, pero es sin duda el mayor reto de todos.
El verdadero cuello de botella: el sistema, no la generación
Ante este escenario, el problema ya no es únicamente producir más energía renovable, que según la experiencia existe capacidad de desarrollo. Los principales límites están en:
- Redes de transporte y distribución, con un elevado porcentaje de nudos saturados.
- Falta de almacenamiento, que limita la integración de renovables y provoca vertidos crecientes.
- Rigidez operativa, tanto en la red como en la demanda.
- Plazos administrativos excesivos, incompatibles con la velocidad que exige la transición energética.
Digitalización: la condición necesaria para alcanzar los objetivos
Todos estos retos convergen en una conclusión clara, además de la imprescindible inversión en redes y distribución , sin digitalización, el sistema no puede escalar.
Las principales palancas pasan por:
- Digitalización de las redes, para optimizar el uso de infraestructuras existentes mediante predicción avanzada, control dinámico de capacidad y tecnologías como el dynamic line rating,
- Potencia Flexible. La CNMC ha propuesto este uso, un uso que depende de la digitalización y que puede optimizar al máximo la infraestructura.
- Digitalización del consumo, habilitando figuras como la potencia flexible, que permiten adaptar la demanda a la realidad física de la red.
- Almacenamiento inteligente, donde la caída de costes de las baterías y su integración digital permiten usos diarios económicamente viables, complementados por soluciones de largo plazo como el bombeo o el hidrógeno.
- Gestión activa de la demanda, alineando consumos industriales y terciarios con los momentos de excedente renovable.
- Autoconsumo gestionado, que deja de ser solo generación distribuida para convertirse en un activo del sistema.
Conclusión
La transición energética no es solo un reto tecnológico ni únicamente una cuestión de inversión, en la que somos conscientes que existe “apetito” de desarrollo. Es, ante todo, un reto de gestión del sistema energético.
La electrificación masiva, el crecimiento del consumo y la integración de nuevas cargas solo serán viables si somos capaces de digitalizar de forma coordinada redes, generación y consumo.
Los objetivos son ambiciosos, pero alcanzables. Y la buena noticia es que la tecnología, la digitalización y la inteligencia artificial ya están disponibles. El reto ahora es desplegarlas con rapidez, coherencia y visión de sistema.






