Enero suele ser el mes de los grandes propósitos, y, para el sector energético, el propósito es tan ambicioso como inaplazable.
Hoy asegurar un suministro de energía estable y sostenible es más complicado que nunca, porque los retos se acumulan. Cada vez usamos más electricidad, las energías renovables crecen rápido, el consumo cambia constantemente y las infraestructuras que lo sostienen están más expuestas, tanto a fenómenos meteorológicos extremos como amenazas de ciberseguridad.
En este nuevo escenario, la resiliencia ya no se mide solo por la capacidad de “aguantar” un pico de consumo o reponer un fallo. Se mide por la habilidad de anticiparse, adaptarse y optimizar, incluso cuando el sistema opera al límite. Y ahí es donde la tecnología deja de ser un apoyo para convertirse en un motor estratégico.
La inteligencia artificial industrial está emergiendo como una de las respuestas más sólidas a este desafío. No se trata de un concepto futurista, sino de una palanca práctica para transformar redes, activos y operaciones: previsión más precisa, mantenimiento predictivo, detección de anomalías y optimización en tiempo real.
Todo ello tiene un impacto directo que implica menos interrupciones, menos emisiones y una integración más fluida de energías limpias. Cada mejora en eficiencia se traduce en ahorro de costes y reducción de carbono, acelerando el camino hacia el cero neto sin comprometer la fiabilidad del suministro.
De hecho, el sector ya está demostrando que esta transición no es teórica. Compañías como Iberdrola, National Grid o NextEra Energy han convertido la IA en una herramienta operativa. Desde inspecciones de activos con drones hasta monitorización avanzada de redes e integración inteligente de renovables.
Y en España, el avance es especialmente significativo. El empuje regulatorio, el liderazgo en renovables y la adopción creciente de tecnologías están posicionando al país como un referente europeo en transición energética.
Pero la resiliencia no depende solo de la tecnología “visible”. A menudo, el verdadero salto llega cuando la inteligencia se integra en el núcleo del negocio y deja de ser un proyecto piloto para convertirse en un hábito. Esa es la evolución que se espera en los próximos años. Una IA que trabaja en segundo plano, conectada a los procesos críticos, midiendo resultados y mejorando decisiones sin necesidad de titulares.
Un buen ejemplo de ello sería nuestro cliente TECO. La utility de Florida ha apostado por una transformación integral de su back office —ERP, gestión de activos, movilidad y monitorización de infraestructura— con un enfoque radical que le permite “re-arquitecturar” todo a la vez y basarse en una filosofía clara de configuración frente a personalización. El objetivo no es solo modernizar, sino construir una plataforma integrada, más segura y preparada para los desafíos del día a día, desde la presión de los centros de datos hasta la temporada de huracanes.
No basta con tener más instalaciones o producir más energía, también hace falta gestionar mejor el sistema. Las empresas que vayan por delante en 2026 y en los próximos años serán las que sepan usar la tecnología para simplificar lo complejo, anticiparse a los problemas, automatizar tareas y tomar decisiones que reduzcan el impacto ambiental.
Porque hoy la pregunta ya no es si el sector puede transformarse. La pregunta es quién será capaz de hacerlo a tiempo.









